Análisis | Blood Bros. Acribilla como puedas

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Hola, niños. Hoy en Warehouse 33 os hablaré de un clasicazo del carajo de las recreativas: Blood Bros., que apareció en 1990 de la mano de TAD Corporation. De este juego tengo muchos recuerdos. Unos buenos, otros no tanto. En el primer grupo incluiría mis escapadas después del cole a un bareto de mi pueblo para fundirme todas las monedas de cinco duros que llegaban a mis por aquel entonces pequeños bolsillos. En el segundo no incluiría, sino que incluyo, aquellas míticas incursiones en plan SWAT de mi madre en el bar para llevarme de la oreja a mi casa un par de calles más abajo por no haber hecho los deberes.

Este juego es considerado por muchos el sucesor espiritual de Cabal, que fue creado por el mismo equipo desarrollador, y lanzado un par de años antes. También compartían género, «galería shooter». Esto es, el personaje tiene la movilidad limitada dentro de un marco, por llamarlo de alguna manera; y el escenario propiamente dicho es estático. Son los enemigos los que aparecen por diferentes sitios del nivel para que afinemos nuestra puntería con su pellejo.

Como es de esperar, el argumento de este Blood Bros. es más bien simplón. No se le pueden pedir peras al olmo. La trama nos narra cómo un cowboy americano y un nativo prototípicos de los spaghetti westerns se alían para eliminar a un tal Big Bad John, «el bandido más buscado de Dodge City». Y ya está. No hay más. Una vez ves la intro —o ni eso— te lanzas de boca a la VIOLENCIA.

El apartado técnico de Blood Bros. es resultón. Los sprites de los personajes -tanto los controlables como los del resto de entes que pululan por el escenario- gozan de un colorido abrumador. Los escenarios y decorados son los típicos de cualquier western que se precie: pequeñas ciudades, minas, ríos, poblados indios, vías de ferrocarril…

Ciertos elementos se pueden destruir, y estos van presentando desperfectos a medida que van siendo dañados. Lo mismo sucede con los propios jefes finales que vienen en forma de diversa maquinaria de guerra de la época. Los jefazos que son animales o humanos van cambiando de color progresivamente, algo muy acertado y que entra por la vista de una manera sencilla. Ves cómo se van encabronando gradualmente sin necesidad de pararte a comprobar cuánta salud le queda en la barrita de rigor.

Los proyectiles disparados por los enemigos son de un color lo suficientemente evidente y chillón como para que el jugador pueda percatarse de su presencia y actuar en consecuencia. Además, jugando con un segundo jugador, cada punto de mira tiene un color y diseño muy diferente al otro, de nuevo para que no haya lugar a confusiones y no se entorpezca la jugabilidad.

Los temillas que suenan durante los tiroteos molan y acompañan bastante bien a la acción, si bien es cierto que el mayor defecto de este juego es que los sonidos constantes de disparos y demás algarabía bélica hacen inaudibles por momentos dichas composiciones. Los efectos sonoros, disparos, explosiones y similares cumplen.

La mecánica del juego es sencilla: se basa en agotar la barra de refuerzos enemigos a base de liquidarlos. El sistema de juego es muy simple, pero está planteado de una forma verdaderamente inteligente. Está pensado de un modo muy peculiar para que haya un balance entre las actitudes ofensiva y defensiva del jugador, ya que mientras disparamos, controlamos el punto de mira; pero no a nuestro personaje, que permanece estático; siendo muy vulnerables por motivos evidentes al estar quietos.

Podemos rodar por el suelo para esquivar los disparos enemigos. Mientras lo hacemos, somos invulnerable a todo tipo de ataques. Podría considerarse algo que beneficia al jugador, pero para nada lo es, ya que obviamente mientras esquivamos no podemos disparar, y en algún momento hemos de hacerlo para barrer la pantalla de enemigos, por lo que hay que ser muy ducho en este juego y saber qué debemos hacer cada momento. Otra posibilidad defensiva es la de disparar nosotros mismos a los proyectiles enemigos, haciendo que desaparezcan en el proceso. En definitiva, no es un mata-mata sin más, hay que plantearse bien las jugadas.

Al disparar a ciertos elementos del escenario, obtenemos power-ups que pueden ser para aumentar nuestra puntuación, vidas extra, o nuevas armas más potentes. No en vano, el arma por defecto tiene munición infinita pero está muy limitada en cuanto a potencia de fuego.

Cada zona del juego está compuesta por cuatro niveles, siendo el último un nivel normal, y al finalizar este hace acto de aparición el jefe final mastodóntico de turno, que va desde un trío de águilas asesinas en un desierto, hasta maquinaria de guerra instalada en un ferrocarril, o un dirigible con cañones.

Aprender a jugar a Blood Bros. no es difícil, y puede convertirse en toda una experiencia jugando con un amigo en el modo cooperativo. Completar el título podía llevarnos alrededor de media hora, o tres cuartos. Lo normal, vamos.

La única pega quizá sea su elevada dificultad, un poco por encima de la media, pero sin llegar tampoco al nivel abismal de Ghouls n’ Ghosts o Splatterhouse. No en vano, recordemos que aquí el negocio era hacer que los juegos durasen debido a eso, y además hacer que los jugadores metiesen monedas constantemente mediante una dificultad la hostia de injusta, con ataques por sorpresa a tutiplén y miríadas de enemigos y proyectiles porque sí. Lo que viene siendo la clásica dificultad «MUÉRETE YA».

Estamos ante un título entretenido, más aún a dobles, de un curioso género que al principio puede parecernos algo raruno, pero la fórmula es buena, potable, y lo más importante de todo: jugable. La dificultad nos puede frustrar por momentos, sobre todo en los últimos niveles, ya que se vuelve todo un poco caótico y los disparos contra nosotros cubren literalmente un buen porcentaje de la pantalla, apenas dándonos oportunidad a reaccionar. No obstante, deberíais darle una oportunidad. Totalmente recomendado para los fans del western y de los juegos de disparos.

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