Análisis | Final Fight Este alcalde tiene mi voto

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Ah, la época dorada de las máquinas recreativas, presentes en prácticamente todos los bares que mereciesen ser denominados como tales, y cómo no, en los propios salones recreativos. Final Fight es, y fue, uno de los títulos más representativos de dicha época, que abarca aproximadamente desde finales de los ochenta hasta los primeros años de la década de los noventa. Una época en la que los videojuegos eran en su inmensa mayoría tremendamente adictivos, dada su mecánica y estética tan «guapante». Joder, querías estar en un videojuego. Querías ser el bueno, darles de hostias a los malos, y llevarte a la chica.

Este Final Fight iba a ser originalmente una secuela de Street Fighter, y como tal, iba a ser llamado Street Fighter ’89. No obstante, el nombre del juego fue cambiado dado que se optó por hacer un beat ‘em up, similar aGolden Axe o Double Dragon, en lugar de un juego de lucha al uso, que era lo que lo petaba durante esta época tan convulsa. Y visto lo visto, la jugada le salió redonda a Capcom. Estamos ante uno de los padres, junto con Streets of Rage de Mega Drive (el cual a su vez tomaba muchos elementos prestados de este Final Fight) de toda una oleada de juegos de ambientación barriobajera en la que encarnamos a varios héroes que deben repartirles sopas con honda a los macarrillas, punkarras y canis de turno.

Pongámonos en situación. Estamos en la ficticia ciudad yanki de Metro City. Un antiguo luchador de lucha libre es elegido como el alcalde de la misma, Mike Haggar, tras prometer durante su campaña electoral que iba a resolver el problema de la alta criminalidad de la ciudad. Aunque esto seguramente se tratase de alguna vil argucia por parte del pérfido Haggar, pues como todos sabemos, todos los políticos mienten, sin excepciones.

La organización criminal que dirige el cotarro en la ciudad, Mad Gear, intenta hacer de Haggar otra de sus putitas secuestrando a su hija Jessica. Pero Haggar, que tiene los cojones de acero, no se queda de brazos cruzados. Llama a su yerno, Cody, un malaje experto en asestar puñaladas al estilo colombiano, y a su amigo Guy, un ninja con bambas.

De este modo, los tres salen a las calles infestadas de haraganes, maleantuchos de tercera y todo tipo de canis, pokeros y bakalas, dispuestos a darles de hostias hasta debajo del paladar, con tal de rescatar a la damisela en apuros.

El apartado gráfico del juego es sencillamente sobresaliente, haciendo alarde de unos sprites de personajes bastante tochos y de un tamaño considerable, y de todo tipo de fondos y escenarios variaditos pese a ser todos de ambientación urbana. El juego de Capcom goza de un colorido espectacular, muy superior a lo visto en otros títulos de la misma compañía lanzados con anterioridad. El diseño de los personajes es más que notable, y los distintos tipos que hay son los suficientes como para no tener la sensación de estar siempre repartiéndoles leña a los mismos dos o tres tíos de siempre. Mención aparte merecen, cómo no, los jefes finales, de un diseño y animaciones más cuidado que el de sus esbirros.

La interfaz, bastante clara, fue una de las pioneras de su género, y de la que una miríada de títulos que vinieron después cogieron ideas, como por ejemplo el hecho de que la salud que exceda la cantidad mostrada en la propia barra se represente mediante otro color.

La banda sonora del juego era, además de variaditaasombrosamente memorable y acompañaba perfectamente a la acción. Junto a esta banda sonora tenemos todo un juego de efectos de sonido que cumplían su papel a la perfección, desde las puñaladas que podemos asestarles a los enemigos hasta los berridos que pegaba Haggar o los propios enemigos al dar y recibir leña; todos y cada uno de estos SFX eran tremendamente convincentes. Todo como siempre, teniendo en cuenta las limitaciones técnicas de la época. También hay por ahí alguna que otra voz digitalizada, como la del mítico «Oh, my God!» que soltaba un macarra al destrozarle el coche en la fase de bonus habilitada para tal tarea.

En cuanto al tema jugable, Final Fight es un beat ‘em up, además de ser uno de los ejemplos más representativos de su género. Es un «yo contra el barrio» al que podemos jugar tanto solos como acompañados por un amigo en todo momento. Nada más comenzar la partida podemos escoger a nuestro personaje preferido, cada uno con sus propios atributos y set de movimientos.</>

Mientras que Haggar es el personaje más burro del juego ya que es el más lento y poderoso, Guy es el extremo opuesto. Cody es el personaje más equilibrado de los tres. De nuestro estilo de juego y preferencias dependerá el escoger a uno u a otro. Servidor es de Haggar, de toda la vida, pues siento predilección por los personajes bestiajos que puedan reventar a los enemigos de un par de golpes, por no hablar de los agarres y lanzamientos burrísimos que puede realizar.

Una vez comienza la partida, debemos ir avanzando por los escenarios aniquilando a todo aquel que nos salga al paso. Todo vale para esta tarea, pues podemos utilizar diversos objetos repartidos por los niveles para ayudarnos, ya sea comida para recuperar una porción de la barra de salud, o armas como tuberías, navajas o katanas. También hay objetos que sirven simplemente para aumentar nuestra puntuación, y así poder fardar después escribiendo «FEO», «PEO», o «GAY» en la pantalla de los Hi-Scores.

Los distintos tipos de enemigos tienen sus propios sets de movimientos, y modus operandi, por lo que actuar en consecuencia se torna esencial sobre todo en los últimos compases del juego, donde la cantidad de enemigos en pantalla puede llegar a ser absurdamente alta. Al final del nivel nos espera el jefazo de esa zona, el cual es mucho más resistente y poderoso que los esbirros que hemos ido derrotando hasta llegar hasta él. Y, para aumentar la epicidad de estos duelos tan erótico-festivos, suele haber también esbirros dando por culo durante los combates.

Hay intercalados entre las fases un par de bonus bastante hilarantes y míticos, sobre todo el del coche: debíamos destrozar un coche a hostias en un límite de tiempo determinado, para obtener puntos con los que engrosar nuestro marcador.

El juego se controlaba mediante el clásico joystick de las recreativas, y el movimiento era en ocho direcciones. Eso sí, para poder golpear a un enemigo, debíamos estar en su mismo plano horizontal, ya que hay varios planos de profundidad en los escenarios.

Además del joystick, únicamente necesitábamos un par de botones más para controlar a los personajes. Uno para saltar, y otro para golpear. Usando estos dos de la forma adecuada, podíamos realizar acciones como coger objetos (golpear), dar patadas voladoras, realizar autocombos pulsando varias veces consecutivas el botón de golpe; o realizar un ataque bastante devastador y que venía muy pero que muy bien para salir de apuros al pulsar salto y patada simultáneamente. No obstante, para evitar su uso y abuso, cada vez que se usaba esta artimaña se nos restaba una pequeña porción de la salud.

Completar el juego puede llevarnos entre media hora y tres cuartos, como viene siendo habitual con los juegos para recreativa. Al final, todo dependía de nuestra pericia y habilidad con el juego, de si estamos acompañados por un amigo que nos ayude -o perjudique-, de nuestra paciencia… y de las monedas de cinco duros que llevásemos en el bolsillo.

Final Fight es condenadamente divertido, sobre todo en cooperativo. Eso de limpiar las calles de maleantes a base de repartir mamporros a diestro y siniestro siempre tiene su aquel, y si además podemos impartir justicia por partida doble, mejor que mejor. Este videojuego era y es tan «awesomizante» como parece, e incluso más. Las situaciones absurdo-épicas se repetían por doquier, con el acoso incesante de los enemigos hacia los jugadores. Este es uno de esos juegos a los que todo el que ose autodenominarse gamer o videojugador debe haber jugado sí o sí. Es pata negra. Es como decir que eres cinéfilo y no has visto ni El Padrino ni El bueno, el feo y el malo.

 

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