Análisis | Donkey Kong Country Monería portátil

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Esta versión de Donkey Kong Country es, sin lugar a dudas, el juego de Game Boy Color en el que más horas de mi tiempo he invertido. Le debo la mayoría de mis dioptrías a títulos de este calibre, dado que los vicios en esa minúscula pantalla intentando buscar el ángulo idóneo para poder ver medio en condiciones mientras simultáneamente intentaba que la colada de la vecina del segundo no me entorpeciese la partida no fueron pocos precisamente.

El hecho de que corra en un hardware tremendamente inferior al de Super Nintendo no ha hecho que este juego pierda fuerza en el aspecto más elemental, importante, y básico de un videojuego: la diversión. Pese a las carencias en el aspecto técnico por razones más que evidentes, este port para la máquina de ocho bits es terriblemente adictivo, y lo que es mejor: tiene poco que envidiar a la versión de su hermana mayor en cuanto a jugabilidad.

Nos encontramos, por tanto, ante una copia casi exacta en el plano jugable a la versión de 16-bits, siendo radicalmente distinta -y como es lógico- en los apartados gráfico y sonoro. No obstante, el a priori primigenio hardware de Game Boy Color es utilizado con tanta sapiencia como soltura. Se pierden algunos elementos como la posibilidad de ver a nuestros dos simios favoritos corretear, galopar y saltar simultáneamente en pantalla, sí; pero era un sacrificio necesario dado que el juego se mueve a una velocidad más que decente. Otro aspecto que se ha adaptado como se ha podido es que, en lugar de montarnos en uno de los animalillos aliados, nos transformamos en él como por arte de magia. Como digo, no afecta para nada a la jugabilidad y es algo perfectamente comprensible por las limitaciones de memoria de Color.

No sé si será por el tema nostalgia, o por el hecho de que jugué a este título antes que al de Super Nintendo, pero para mí la banda sonora de esta adaptación suena infinitamente mejor por el toque retro que le da el chip de sonido de GBC a las composiciones del juego. Algunos temas suenan tan diferente a los de la versión de 16-bits que no parece que sean la misma canción. Si tuviese que elegir uno, me quedaría, sin duda, con el de Winky’s Walkway.

A modo de extra exclusivo de esta versión portátil, se ha incluido un par de minijuegos. Uno es un curioso juego de pesca, mientras que otro es una galería shooter al más puro estilo Blood Bros. en la que debemos liquidar a todos los lagartos que nos aparezcan a golpe de coco. Si tenemos un amigo con la consola, el juego, y un cable link, podremos jugar a estos minijuegos con él. Y como añadido chorra -más aún- podíamos usar la Game Boy Printer para imprimir postales y fotitos de la galería de imágenes.

Una vez completados los cuarenta niveles de los que consta el juego, podemos seguir ganando porcentaje en nuestra partida guardada optando por una de las dos hijoputescas vías que el videojuego tiene de aumentar su dificultad: eliminando los puntos de control de mitad de nivel -forzándonos a pasárnoslos del tirón- o eliminando los barriles de DK. Sin duda, un aliciente para los más grillados. Como yo, en su momento. Ay, lo que hace el tener pocos juegos…

Resumiendo: este cartucho supuso un dinero muy bien invertido. Rare es apuesta segura, aunque últimamente solo dé palos de ciego gracias al dichoso mecenazgo de Microsoft… todo un pacto con el diablo.

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