Análisis | Call of Duty: Advanced Warfare

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Decepción. No he encontrado otra palabra mejor para definir a este videojuego, que en teoría sale a la venta mañana pero al que he podido tener acceso hoy mismo por la reserva del mismo, con la edición Día Cero. Enrevesadas maniobras de marketing aparte, he de decir que tenía puesto el listón muy alto con ese juego. Y claro, esperar algo y que ese algo resulte no tener la calidad que tú, en alguna clase de delirio onírico le atribuiste es algo bastante jodido. Advanced Warfare me ha decepcionado mucho.

Este es el Call of Duty de los famosillos. O «del», en todo caso. Mientras que en otras entregas, actores como Sam Worthington ponían sus voces a los personajes, aquí la bandera se ha izado más aún en el mástil y la muchachada de Activision contrató a Kevin Spacey para que interpretase a Jonathan Irons, el villano del juego. Y esta colaboración tan cacareada, en la práctica se queda en dos o tres escenas de diálogos que medio qué, puesto que la trama hace aguas por los cuatro costados. Vamos, que los guionistas son unos jodidos inútiles. Eso por no hablar de que uno de los giros más importantes de la trama —el único, realmente— ya se sabía de antemano; y es que Spacey es el antagonista de esta Guerra Avanzada.

La trama nos sitúa en el 2054, y nos mete en el pellejo del soldado Mitchell, de los Estados Unidos de América. Como punto de partida es algo bastante pobre y, francamente, poco original como uno va viendo a medida que avanza la casi inexistente trama. Da la sensación de que en las sesiones de brainstorming a alguien se le ocurrió que en Black Ops II ya se jugó con eso del futuro relativamente cercano con tecnología molona, y a algún genio de Sledgehammer se le ocurriese como réplica un simple «PUES NOSOTROS TREINTA AÑOS MÁS, Y CON MÁS ARMAS Y MÁS TODO» mientras pegaba golpes con la chorra sobre la mesa.

La primera misión consiste en repeler un asalto de los norcoreanos a Seúl, que por lo visto en el 2050 ya sí que les da por bajar a hacerles una visitilla a sus vecinos del sur. Una vez superado este pseudotutorial tan descafeinado en el que vemos morir al amiguísimo del alma de Mitchell —y además hijo de Irons— es cuando nuestro protagonista decide dejar el ejército yanqui para pasarse al sector privado, tal y como le sugiere el personaje interpretado por Kevin Spacey. A partir de aquí, cuesta abajo y sin frenos. Una seguidilla de misiones pobremente conectadas entre sí en las que Spacey aparece entre misión y misión en alguna cinemática con un cometido muy simple: que la cosa no decaiga demasiado.

Los escenarios son variaditos y heterogéneos, aunque la visión futurista de la gente de Sledgehammer no me ha gustado tanto como la de la muchachada de Treyarch, donde incluso la jodida interfaz tenía personalidad propia. En Advanced Warfare todo tiene un aspecto a genérico y precocinado que me echa para atrás hasta a mí, y eso que me considero un seguidor acérrimo de la saga. Pero una cosa es ser un fan, y otra muy distinta es no tener ojos en la cara.

El tamaño de los escenarios es otro de los puntos negros en este aspecto, culpa obviamente de la existencia de versiones de la pasada generación, que lastran al resto de versiones dado que los niveles podrían dar más de sí. Ya no es que las misiones sean cortas, que también, es que los escenarios del modo monojugador me han parecido excesivamente pasilleros, incluso para a lo que nos tiene acostumbrados Call of Duty. Eso sí, los mapas multijugador tienen un tamaño bastante más grande que en anteriores entregas; y Advanced Warfare tiene exactamente el mismo problema que Ghosts en este aspecto, y es que en las versiones de la pasada generación hay menos jugadores por partida en los modos en línea, por lo que los escenarios son demasiado grandes teniendo en cuenta el número de jugadores.

Pese a que la calidad técnica en general es bastante buena, el título no está exento de ciertos bugs gráficos, principalmente problemas de clipping —algo habitual en esta saga— e incluso algún jocoso fallito rollo poltergeist como armas que se quedan flotando varios metros en el aire, o alguna animación de personajes demasiado brusca, como saltándose algunos frames de la misma.

En el apartado sonoro hay más sombras que luces. Mientras que en la versión original, como es obvio, Kevin Spacey lidera el plantel de personajes de este videojuego poniendo rostro y voz al antagonista Jonathan Irons, aquí nos tenemos que contentar con el más que decente trabajo de Antonio García Moral. Como nota curiosa he de añadir aquí que me resulta algo incomprensible que se haya contratado a Moral —voz habitual de James Woods— en lugar de a Javier Dotú, quien sí que le pone la voz a Spacey de forma recurrente. Supongo que es porque García Moral fue la voz de Kevin Spacey en Se7en.

La localización al castellano cumple, aunque hay por ahí alguna que otra voz que chirría y se repite demasiado, como la de la soldado Ilona. Además de no pegarle ni con cola, su dichoso «enemigo a las once» se repite más que un yogur con sabor a fabada asturiana.

El mayor punto negro del apartado sonoro de este título es su banda sonora. O más bien, su ausencia de la misma. Y es que veréis, niños. Yo para estos menesteres tengo un sistema muy simple: si me acuerdo de alguna canción del juego es porque sus composiciones por lo general me han gustado. Pues bien, no me acuerdo ni de una jodida canción de Advanced Warfare. Me es imposible asociar una sola melodía a este videojuego, de modo que se ha hecho aquí un trabajo realmente pobre.

La mayor novedad a nivel jugable es la inclusión de los exoesqueletos, tanto para la campaña como para los modos multijugador. Es una novedad que a título personal no me ha parecido ni original ni necesario. Supuestamente es para añadir verticalidad a los escenarios, y he llegado a leer por ahí y todo que el dar saltitos dobles por ahí incluso llega a recordar a Quake o Unreal. Como es normal, he pillado un cabreo de tres pares de cojones al leer tal sarta de gilipolleces. Volviendo al meollo de la cuestión: lo de los trajes EXO se queda en un quiero y no puedo. Un experimento que queda un poco en tierra de nadie, puesto que esto ahora no es ni un Call of Duty, ni un Unreal Tournament como muchos iluminados han osado anunciar por ahí.

Las partidas en línea ahora son más caóticas que antes con el temita este de ir haciendo el cibermandril por ahí, y el hecho de que los escenarios monojugador sean excesivamente pasilleros y cerrados —he llegado a «fallar» en una misión por salirme de la zona de operaciones intentando explorar un poco, madre del amor hermoso— hace que te preguntes por qué cojones te dan una movilidad tan atroz si no puedes aprovecharla.

Hay un total de trece mapas multijugador distintos, lo cual es ligeramente superior a lo que nos tenía acostumbrados Activision, unos diez. Lamentablemente, este capítulo de la saga es francamente pobre en cuanto a contenido. Es una involución si lo comparamos con Ghosts, y un completo chiste si lo comparamos con Black Ops II. El único acierto que he visto, y que he podido presenciar con mis propios ojos es que los bots están mucho mejor implementados que en los anteriores, y no solo porque ahora también sean soportados por modos de juego en los que había que hacer una IA que pensase mínimamente como Buscar y Destruir, sino porque realmente parece que usen el coco.

No hay modo zombi esta vez, ni tampoco están los alienígenas del anterior juego. En su lugar tenemos una horda realmente descafeinada que es más sosa aún que el modo equivalente en Modern Warfare 3. Francamente, no sé qué cojones ha estado haciendo la gente de Sledgehammer para tardar tres años en hacer un juego tan escaso en cuanto a contenido, y con una historia tan mal contada.

Kevin Spacey, el principal reclamo para muchos —incluido yo— está desaprovechadísimo, y a mí de estar en su lugar me daría vergüenza que se me asociase con un producto de esta calidad. Esto obviamente en cuanto me fundiese los billetes que me pagasen en esta realidad alternativa tan loca que existe únicamente en el lugar más pérfido y vil de mi abyecta psique. La trama es, con diferencia, la segunda peor de la saga —aún tengo que finiquitar Ghosts—. El trono de la mugre en lo que a argumento se refiere sigue siendo propiedad del infame Call of Duty 3 de Treyarch.

En resumidas cuentas: lo único que salva a este juego de la quema es el multijugador. Pero no me refiero al online, modo en el que he probado varias partidas y no he logrado pillarle el punto aún. Me refiero al multijugador local, que incluye bots. Sí, amigos, sí. Los bots. Esos enemigos controlados por la máquina que fueron purgados sistemáticamente durante la pasada generación con la excusita del multijugador en red. Le pese a quien le pese, la saga Call of Duty es de las poquitas que aún se molesta en meter bots en sus videojuegos.

En cualquier caso, no me arrepiento del todo de esta compra, ya que sé que le sacaré rendimiento jugando con los amigotes en la misma consola. Pero eso sí, yo recomendaría únicamente Advanced Warfare a aquellos a los que, como yo, les guste jugar con más gente en la misma consola. Si queréis shooters multijugador con superpoderes, exoesqueletos y demás flipadas ahí tenéis a los Crysis, y a Titanfall. Call of Duty: Advanced Warfare no es vuestro juego.

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