Análisis | Streets of Rage Brigada de limpieza urbana

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Streets of Rage —Bare Knuckle en tierras niponas— fue la respuesta de Sega a la exclusividad de Final Fight en Super Nintendo. Con un planteamiento y una estética muy similar a la del beat ‘em up de Capcom, pero contando con una banda sonora notablemente superior compuesta por el maestro Yuzo Koshiro, este Calles de la Furia consiguió hacerse un huequecito en nuestros corazones.

Este título sigue muy de cerca la estela de otro peso pesado del género lanzado dos años antes, Golden Axe —también de Sega— aunque cambiando la ambientación de mundo de fantasía épica al más puro estilo Conan el Bárbaro por algo más contemporáneo: una ciudad moderna corrupta hasta la médula y sus aledaños.

El argumento del juego es más bien simplón, como dictaba la época, y más en un juego de este género. La ciudad ha sido tomada por maleantes y las fuerzas de la ley son sobornadas por estos facinerosos. Adam, Axel y Blaze, tres ex-policías que abandonaron el cuerpo descontentos con la corruptela que veían a diario, deben abrirse paso por las calles de esta urbe y erradicar el crimen como mejor saben: repartiendo estopa.

Gráficamente hablando, Streets of Rage tenía un nivel notable. Los sprites de los personajes eran decentes y tenían leves detallitos que denotaba pixel art de calidad, como sombras y brillos. La ambientación era acojonantemente buena —algo a lo que también ayudó mucho su magistral banda sonora y de la que hablaré más adelante— y los niveles aunque en su mayoría urbanos eran lo suficientemente variaditos como para no hacérsenos cansinos.

Maese Yuzo Koshiro compuso una banda sonora magnífica para este videojuego, con muchos toques disco, que ambientan la acción barriobajera a la perfección. Quizá este fue su mejor trabajo, y el más emblemático de su carrera. Me quedo con dos temazos: Fighting in the Street, y Moon Beach.

La jugabilidad es la que cabría esperar en un juego del género: avanzamos por escenarios bidimensionales dándoles de hostias hasta en el carné de identidad a los distintos maleantes que nos van saliendo al paso, y esto podemos hacerlo solos o con un amiguete que nos acompañe en esta cruzada anticrimen.

Por los escenarios hay desperdigados objetos curativos en forma de comida, amén de algunas armas blancas y otras más contundentes que podemos usar para despachar criminales más rápido. Cada uno de los tres personajes disponibles varía ligeramente con respecto a los otros dos. Así, Adam es el toro del grupo, el más fuerte a costa de ser el más lento; Axel es el más equilibrado de los tres, y Blaze, la chica, es la más débil aunque la más ágil.

Al final de cada nivel nos espera un jefe final el cual nos costará un poco vencerle, hasta que observemos su rutina de ataque y actuemos en consecuencia. Ojo si jugamos en cooperativo, pues en lugar de un único jefe habrá dos, haciendo que dichos enfrentamientos sean doblemente jocosos. Esto puede ser un problemaco del carajo en el último nivel del juego, el cual es más bien un Boss Rush.

Nuestros personajes pueden además realizar un ataque devastador que suele eliminar a todos los enemigos de la pantalla, y les causa mucho daño a los jefes finales: podemos llamar a un coche de policía el cual realizará una descarga de artillería sobre nuestra posición. Muchas risas si lo usamos en el nivel del barco por las divertidas implicaciones que ello conlleva

Cada personaje tiene unos combos distintos, tanto en daño como en ejecución. Además si nos acercamos a un enemigo nuestro personaje lo agarrará automáticamente, y podemos realizarles una llave para reventarlos contra el suelo y hacerles una cantidad respetable de daño. Pero ojo, que no son tontos del todo y si nos quedamos pasmados decidiendo qué hacer al agarrar pueden zafarse de nosotros e incluso meternos una llave ellos mismos.

Otra de las genialidades, más que una pega, es que podemos dañar a nuestro amigo. A veces le golpearemos sin querer, de forma indirecta, pero es que esto puede dar lugar a piques fraticidas en mitad de un combate con miles de maleantes jaleándonos y metiéndose a la trifulca ocasionalmente.

Streets of Rage era realmente divertido, y eso de poder disfrutar de un modo cooperativo de este tipo en casa al más puro estilo recreativa era una auténtica gozada. Por si no fuese poco, ¡había dos finales distintos! Aunque para ello debíamos traicionar a nuestro colega en el combate final, cuando Mr. X nos ofrecía unirnos a él… un jugador debe aceptar la oferta mientras que el otro debe declinarla. A continuación, toda la cooperación durante los ocho niveles se iba al garete; debíamos enfrentarnos contra nuestro amigo mientras Mr. X observaba con atención el duelo entre los a partir de entonces ex-camaradas y enemigos mortales.

En definitiva: de lo mejorcito que he tenido el placer de probar. Pata negra. Y tiene ya sus años. Una joyita en toda regla, aunque podría haber tenido un apartado gráfico un pelín más ambicioso; siendo este su mayor delito. Jugabilidad de la vieja escuela y acción desenfrenada para todo tipo de públicos, muy recomendable.

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