Análisis | The Last of Us Remasterizado El Ciudadano Kane de la medianía

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Lo que ha pasado con The Last of Us me ha parecido completamente para mear, y no echar gota. Es, probablemente, el videojuego al que más tirria tengo. Y todo ello, cómo no, debido a las masas de borregos que lo endiosan de mala manera cuando en el fondo no deja de ser un shooter más. Lo jocoso del asunto es que es uno de esos títulos tan sobrevalorados que, a poco que hagas una crítica negativa sobre él, te saltarán imbéciles contándose por decenas a la yugular para defender lo que ellos han tomado como suyo por alguna tara mental que aún no alcanzo a comprender. Que se lo toman como un ataque personal, vamos.

Más gracioso es aún que el contraargumento más manido que he tenido en cuanto he dicho algo sobre Las Tofas —que es como me referiré a él a partir de ahora— se limitaba a un mero «no sé por qué te quejas de que en The Last of Us pase esto, cuando también pasa en muchos otros juegos». Precisamente ahí está la trampa. En que es exactamente la misma mierda genérica que podría haber sido desarrollada y publicada por cualquier otra empresa. ¿Dónde está el truco? En que es un título exclusivo de una consola de Sony, y, además, desarrollado por Naughty Dog. Esto no hace sino confirmar una no tan loca teoría que llevaba fraguándose en mi cabeza desde hacía algún tiempo; y es que Sony tiene la peor base de fans de todas las empresas de videojuegos. Y más aquí, en España, país de «la plei» y «el Pro».

Las Tofas es un Uncharted con otro nombre. Dejad de complicaros la vida intentando justificar lo injustificable: es un jodido third person shooter. Muy pulido en los segmentos de tiroteos, al fin y al cabo, al César lo que es del César. Esto hace que haya decisiones en cuanto a diseño más bien cuestionables, pues por mucho que os empeñéis, la escasez de recursos no convierte a este juego en un survival horror, y menos aún teniendo en cuenta que la mayor parte del juego nos la pasamos enfrentándonos a otros humanos a tiro limpio y a hostias en lugar de a infectados. Vamos, que ni siquiera el título del juego es coherente; no seremos los últimos cuando hay tanto hideputa suelto por los niveles.

Como siempre estamos en minoría y la munición escasea, hay un sistema de sigilo que es lo que yo denomino «Splinter Cell de garrafón» dado lo mal implementado que está. Los encuentros con los infectados son siempre secciones en las que predomina el sigilo —hasta que sale un hinchado, y todo se convierte en un shooter loco y descerebrado, precisamente todo lo que se supone que el juego no es— y aunque vayas con un cuidado excesivo vas a acabar liándola, dando lugar a risas y frustración a partes iguales con tanto ensayo y error.

Otro aspecto del juego que me dejó loco y que me hizo salirme mucho del papel en el que, de nuevo, se supone que debo sumergirme es el hecho de no poder saquear cadáveres de los enemigos al más puro estilo Fallout. No sé. A mí me presentáis un mundo en el que todo se ha ido al carajo, repleto de saqueadores que te disparan antes de preguntar, y me parece excesivamente disonante no poder arramblar con, por ejemplo, chalecos antibalas o cascos para el mismo cometido que llevan muchos de los enemigos humanos. En su lugar, obtienes dos o tres balas de un arma que no han estado usando y una puñetera botella vacía cuando mientras estaban vivitos y coleando tenían munición infinita del fusil con el que te estaban cosiendo a balazos.

Durante el transcurso de esta pasillera aventura que está muy a la par con Final Fantasy XIII en cuanto a simulador de bedel definitivo nos acompañarán algunos personajes controlados por la IA del juego. Y más risas aquí, puesto que los enemigos, ya sean humanos o infectados, tomarán dos vías igual de risibles: ignorarán por completo a nuestros compañeros para centrar toda su potencia de fuego o de mordida —según el caso— o los matarán sin venir a cuento de forma instantánea, porque sí.

Las herramientas principales que tenemos a la hora de intentar actuar con sigilo son, ojo al dato por el locurote, DOS puñeteros tipos de objetos distintos para hacer ruido con el que distraer a los enemigos: botellas, y ladrillos. Y ya. También podemos usarlos como armas arrojadizas o contundentes, según nuestros gustos o necesidades. También podemos obtener otras cositas más válidas para el cuerpo a cuerpo como machetes, tuberías de plomo, y demás lindezas con las que cascarle el cráneo a los facinerosos que osen ponernos un dedo encima. Eso sí, su uso está limitadísimo, de modo que conviene conservarlo para momentos de necesidad extrema.

Las Tofas no falta a la cita en cuanto a cometer otro de los grandes pecados de la ya pasada generación —aparte de tener una linealidad excesiva— que es incluir lo que yo llamo la «visión de subnormal». Lo justifican haciendo que Joel, de algún modo, afine el oído para poder ver incluso a través de las jodidas paredes. Todo muy en la línea de lo ya visto en otros títulos como los distintos Batman de Rocksteady. Podemos deshabilitarla, y de hecho lo suyo es desactivarla para que el juego no se convierta en poco menos que una excursión por el campo.

Esta versión del juego incluye el contenido descargable del original Left Behind, que es una expansión cortita en la que manejamos a Ellie y sabemos un poco más sobre su pasado. Lo más destacable aquí es que podemos presenciar más de cerca la relación entre la quinceañera y Riley, su amigovia. Y esto es lo más destacable del juego y por lo que se le ha dado mucho bombo, por presentarnos una pareja sentimental homosexual e interracial entre adolescentes cuando fue una decisión de última hora dada la ambigüedad de su relación cuando tocaba hacer American Dreams, un cómic que sirve de precuela para el juego. No me malinterpretéis, la tolerancia y la inclusividad están de puta madre y son algo necesario. Pero me da a mí que aquí no se da el caso. Vamos, que viene siendo un «no teníamos pensado hacerlo así, pero eh, de esta forma vendemos más copias y quedamos como tíos chachiguays y la hostia de tolerantes».

Al multijugador del juego es para darle de comer aparte, y es cuando vemos que, evidentemente, es un shooter más. Tenemos modos tan genéricos que extenderme más sobre ellos sería haceros perder el tiempo, pues lo que podéis ver aquí lo podéis ver en una miríada de títulos del género.

Pese a toda la bilis que he echado sobre él, no puedo suspenderlo porque es un juego mediocre, y no uno malo. Uno del montón. Uno de estos que debería estar rebajadísimo de precio al mes de haber salido, y poblando las cestas de seminuevos de los GAME de turno. La medianía hecha videojuego. El control está muy pulido y eso es algo francamente de agradecer incluso en pleno 2015, porque hay todavía por ahí alguno que tiene los cojonacos de publicar cualquier bosta y querer cobrarla a sesenta euracos.

Otras de las grandes novedades que incluye esta versión remasterizada es un modo cámara con el que podemos hacer fotografías de los niveles, cosa que sobraba por completo y más si tenemos en cuenta que tenemos ahí un botoncito muy bonito llamado Share, que sirve para exactamente lo mismo, aunque con algo menos de libertad a la hora de capturar instantáneas. También podemos hacer que el juego corra a 1080p y 60FPS, o si lo preferimos a 1080p y 30 marcos por segundo, todo ello en función de si queremos habilitar mejoras a nivel gráfico. Lo cual no deja de ser ciertamente triste y risible.

De la trama mejor ni hablo. Simplemente diré que está, y que el nivel es más o menos el que cabría esperar en un fanfic de Crepúsculo colgado en Wattpad. El doblaje es francamente bueno aunque hay varias voces que no pegan ni con cola —Luis Bajo debería haber interpretado a Joel, y no a un secundario— y la banda sonora minimalista hace que unos acordes preciosísimos de guitarra suenen en el momento adecuado para que el dramatismo sea máximo en todo momento. Solo que no.

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