Análisis | Streets of Rage 3 Tres son multitud

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El tercero en discordia. Si el dicho ese de «segundas partes nunca fueron buenas» se aplica en la mayoría de los casos, aquí deberíamos sustituir ese «segundas» por «terceras». Pero ojo, que no se me malinterprete tampoco; Streets of Rage 3 es un buen juego, pero ni de coña es tan bueno como los dos anteriores. El listón estaba muy alto.

¿Por qué no me pareció tan bueno como los dos primeros? Bueno, pese a que a nivel gráfico era ligeramente superior —aunque casi idéntico— al de Streets of Rage 2, en líneas generales me pareció mucho más descafeinado que este, con un desarrollo más anodino y lo que es más importante; la banda sonora estaba repleta de temas machacones y sin personalidad, cosa que contrastaba mucho con las geniales composiciones que pudimos disfrutar en las dos primeras entregas.

Después de haber sido derrotado dos veces, Mr. X, el líder del Sindicato, ha fundado una compañía de I+D llamada RoboCy como tapadera para sus actividades ilegales. Incluso alguien tan pérfido como él entiende las no pocas virtudes que tiene el invertir en investigación y desarrollo. El caso, también ficha al Dr. Dahm, el cual es considerado por sus colegas científicos como el mejor en el campo de la robótica. Todo ello con la intención de crear reemplazos para todos los altos cargos de la ciudad. Como la invasión de los Skrulls, pero con robots.

Pero resulta que el Dr. Zan, un currante de RoboCy demasiado avispado descubre el pastel, y por no sé qué hostias de un juramento hipocrático decide que eso está feo, y que debe detener los malévolos planes de la empresa pese a la crisis y a los ERE. Contacta con Blaze Fielding y le cuenta la movida. Esta, a su vez no tarda en llamar a sus viejos amigos Adam HunterAxel Stone para unirse y darle de hostias hasta debajo del paladar al facineroso de Mr. X. Pero Adam no puede unirse a esta enésima cruzada contra el crimen urbano, ya que está por ahí desactivando las no pocas bombas que ha dejado el Sindicato por toda la urbe. Ríete tú de la ETA. Es por ello que, en un gran alarde fraticida decide enviar a su hermano pequeño Skate junto con sus colegas para que salga a las calles una vez más a repartir estopa.

A nivel gráfico, nada nuevo bajo el sol, a excepción de que los sprites tienen una estética menos anime y más realista. Eso sí, las nuevas animaciones añadidas como consecuencia de los nuevos movimientos que podemos realizar le dan un poquitín más de dinamismo al conjunto. Al margen de las varias poses clave que componían las distintas animaciones de los personajes, tenemos unas cuantas más que hacen que la animación de los mismos sea ligeramente superior a lo ya visto antes.

Las localizaciones que visitamos son variaditas aunque a mi juicio no tan —irónicamente— bellas o imponentes como las de los otros juegos. En este aspecto, no se ha perdido el espíritu y esta ambientación tan suburbana que siempre ha caracterizado a la saga. Se trata de una simple cuestión de gustos.

Es en el apartado sonoro donde este juego pincha, y lo triste del asunto es que no está a la altura de su antecesor porque innova mucho. Demasiado. Os explico: Yuzo Koshiro se pasó de moderno y experimental, y para la banda sonora de este videojuego creó un método de composición automatizado que tiraba mucho de secuencias aleatorias, y de ahí que la música sea tan caótica y ruidosa. Generalmente suele haber consenso en este aspecto, y es que ni de coña la música de este juego llega al nivel de calidad que la de las dos anteriores entregas. Y si a un Streets of Rage le quitas la música, apaga y vámonos. Te queda la jugabilidad y poco más.

La jugabilidad es prácticamente lo que ya se ha ido viendo con las anteriores entregas. Vamos avanzando por los distintos escenarios partiéndole la boca a todo facineroso que nos sale al paso. Eso sí, ahora hay un mayor ritmo de juego y más dinamismo con la inclusión de movimientos de evasión en el plano vertical. También se incluyó la posibilidad de esprintar con todos los personajes.

Otra novedad fue la inclusión del Power Meter, una barra que, al llenarse, nos permitía usar un movimiento especial sin perder salud. Las armas ahora sólo pueden ser usadas un número determinado de veces, aunque para subsanar esto se añadieron ataques extra con ellas. Otra novedad que se perdió en SoR2 y que se ha recuperado del primer juego es la posibilidad de realizar ataques combinados junto con un compañero a los enemigos.

Los denominados movimientos Blitz, que se activan de forma universal pulsando adelante dos veces y ataque, han sido alterados de forma que pueden ser mejorados a lo largo del juego, obteniendo cierta cantidad de puntos sin morir. Si perdíamos una vida, nuestro nivel de Blitz se reducía en uno.

Hubo cierta mejora también en el tema de la inteligencia artificial enemiga. Ahora, los macarras pueden blandir armas, bloquear ataques, coger objetos como comida del suelo para curarse e incluso realizar ataques de forma conjunta. Esto daba lugar a la IA más hija de perra vista hasta entonces en la saga.

No obstante, todas estas novedades a nivel jugable no consiguen subsanar el mayor error de este juego si obviamos lo de la banda sonora: la ausencia de situaciones y momentos realmente memorables. Streets of Rage 3 es el más raro de la saga, y también el peor.

Para alargar la duración del cartucho, teníamos el incombustible modo versus, así como el cooperativo, en el que como era habitual, estaba habilitada la opción de fuego amigo por cojones para obligarte a tener un mínimo de cuidado al jugar con un colega. O para curtirle el lomo a puntapiés.

La duración de este título y su rejugabilidad eran moderadas. La transición entre un juego y otro dejaba a esta tercera parte en muy mal lugar. Y es que, después de haber probado un filetón tierno y jugoso, que te pongan una jodida hamburguesa de un euro del McDonald’s era algo insultante para el jugador medianamente avispado.

Como dato jocoso, y pese a que este videojuego ya es algo complicado en su dificultad estándar, las versiones americana y la europea del juego trajeron consigo un aumento significativo de dicha dificultad con respecto a la versión original. Muy fan de este tipo de bromas. También hubo ahí alguna movida rara con un argumento distinto en función de si estábamos jugando a la versión occidental u oriental de Streets of Rage 3, aunque yo me quedo con la occidental no porque es a la que he jugado, sino porque en la japonesa se les fue la mano con los psicotrópicos, poniendo a Mr. X como un megalómano con ansias de conquistar al mundo.

Por si no fuese suficiente, había cuatro finales diferentes dependiendo de factores como por ejemplo la dificultad en la que jugásemos, o el tiempo en el que finalizásemos determinados niveles. Lo más común era que nos saliese uno de los tres finales malos, ya que el cuarto era algo más complejo de conseguir. Y el hecho de que no fuese tan bueno como el anterior influía mucho a la hora de no querer repetir otra vez un tostón bien curioso simplemente para la escenita de turno.

El nuevo personaje incluido, el Dr. Zan, no molaba absolutamente nada, lo cual no me cabe en la cabeza. No sé cómo coño se las apañaron para diseñar a un ciborg que no mole. Joder, para esto no quitéis al mastuerzo de Max Thunder.

En definitiva, estamos ante un beat ‘em up con unas bases sólidas y un apartado gráfico resultón, pero lamentablemente lastrado por una banda sonora horrorosa y una ausencia de situaciones épicas y memorables alarmante. Simplemente vagamos de nivel en nivel atizando a los macarras de siempre que nos salen al paso, con prácticamente ningún aliciente que nos anime a seguir avanzando. Que vale que Streets of Rage 2 dejó el listón alto de cojones, pero, joder, es que da la impresión de que con esta tercera parte no se esforzaron una mierda.

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