Una pequeña historia sobre videojuegos y feminismo Entonamos aquí el «mea culpa»; el primer paso para superar un problema es reconocerlo

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«De jueguicos va la cosa». Ese es el eslogan de Warehouse 33, aqueste —no tan— ilustre blog. No tenéis más que poner el cursor sobre la pestaña del navegador estando en la portada del blog para que os salga el mensajito. Lo que empezó como una extensión más seria y bonita de lo que he tenido durante más de un lustro en Gamefilia ha ido evolucionando poquito a poco durante este añito de vida.

«De jueguicos va la cosa», porque originalmente en este blog iba a hablar única y exclusivamente de videojuegos. Y como tal, empecé tanto escribiendo nuevas reseñas sobre ellos como trayéndome, editando y corrigiendo las ya escritas en el blog antiguo. Dije que no iba a escribir noticias, y con la tontería llevo varios meses informándoos de ofertillas interesantes, noticias —que considero que son— relevantes, otras no tanto, algún que otro sorteo, y a lo tonto he hecho una cobertura prácticamente completa del E3 de este año mediante llamadas de Skype repletas de risas mientras veíamos los eventos en directo.

«De jueguicos va la cosa», de nuevo. Ayer mismo expandí aún más los horizontes del blog, añadiendo una sección de artículos de opinión que estrenó Fósforo con esta genial contraargumentación a un no tan genial y retrógrado artículo que escribieron en MundoGamers. Los tentáculos cada vez abarcando más. Una esfera de influencia en perpetua expansión.

Y ha sido precisamente el artículo de Pablo el que me ha dado tanto la fuerza como las ganas de querer escribir sobre videojuegos y feminismo, ya que siempre que me lo he planteado he tenido mis dudas. «¿Estará bien esto que digo? ¿No sería más conveniente, por aquello del formato, hacer un vídeo ya que puede llegar a más gente?» y demás ideas han estado rondando mi cabeza no desde ayer, sino desde hace ya algún tiempo.

Pero toda historia ha de comenzar por el principio, cosa lógica por otra parte. No seamos gilipollitas, no queramos empezar la casa por el tejado. Comenzaré hablándoos de mi primer contacto con los videojuegos. Empecé dándole a los jueguicos con una maravillosa Master System II de uno de mis hermanos mayores, consolón que aún a día de hoy funciona, y que tengo ahora mismo a mi lado. Recuerdo con nostalgia las reuniones que había en casa para jugar a dobles a juegarrales de la talla de Super Tennis o Super Monaco GP a dobles, o simplemente los otros chavales iban para ver cómo mi hermano se pasaba otros como los Sonic the Hedgehog de 8 bits. Era una especie de gurú, ya que era relativamente bueno en esto, y precisamente cuando se quedaba para jugar a un juego monojugador era en plan «a ver, enséñanos cómo se pasa esto» o «vamos a tu casa para que te lo pases y vemos el final». Todo con un aire muy noble, casi místico.

De ahí di el salto a Saturn, una decisión muy cuestionable viéndolo en retrospectiva, pero fue mi primera consola propia. Joder, era un crío, y quería jugar a un juego del erizo azul más rápido de todos los tiempos. No sabéis lo cojonudamente bien que me lo pasé creciendo con el recopilatorio Sonic Jam, que incluía en el mismo CD todos los de Mega Drive. Mi primera portátil fue Game Boy Color, la cual me ha dado incontables horas de diversión con títulos de la talla de Pokémon Amarillo o Wario Land 3.

El tiempo pasaba, y yo crecía. Y quizá por haber tenido dos hermanas pequeñas —ya que en casa nunca se me dijo explícitamente eso de que «los videojuegos son solo para chicos», concepción social aún a día de hoy muy extendida— nunca tuve problema alguno en jugar con ellas a lo que fuese. Plataformas, juegos de disparos, party games, cualquier cosa. Sí que es cierto que me he reído mucho de ellas porque eran —y siguen siendo— torpes a más no poder; pero no es una cuestión de género, sino de práctica. Piques fraternales —que no fraticidas, ojo— muy sanos en el fondo. Algo que, de hecho, parodié en la intro de uno de los vídeos que he hecho para MeriStation.

Lamentablemente, no todo han sido nubes de algodón, caricias, y buenas palabras. Si estoy haciendo este repaso a mi no-carrera como aficionado a los videojuegos es precisamente para yo entender, y a la vez mostraros, dónde está, estaba, y sigue estando el problema. Por mi parte, fue cuando empecé a conocer 4chan y a navegar por internet por mi cuenta cuando algo dentro de mí despertó, y poco a poco se fue inflando dando lugar a un ego desmesurado y a una actitud chovinista, clasista y asquerosa que recuerda mucho al machismo, y que con el tiempo derivó precisamente en esto.

Los rasgos son los típicos que todos conocemos. «Aquí soy yo el que más juega de todos, y mejor que todos». A esto hay que añadirle las compañías que elegí no fueron tampoco las adecuadas, ya que era gente que pensaba de forma similar, y, por tanto, era algo que se retroalimentaba. Ya sabéis, la cabañita en el árbol a la que solo pueden entrar los chavales más guays del lugar. Algo sectario de cojones. Una pasivo-agresividad de la hostia. Esto fue más o menos cuando el boom de las redes sociales aquí en España, unos poquitos años después de que se extendiese eso de tener contratado internet incluso en un pueblo perdido de la montaña, como en mi caso. No era más que un puto crío que prácticamente jugaba más por demostrar algo a los demás que hacerlo por diversión y disfrute propio, por mero hobby.

He pertenecido al más rancio de los lobbies de machitos y aún estoy intentando entender el porqué. No sé si por aquello de que a nadie le gusta sentirse solo —y en lugar de cambiar de actitud vas buscando gente igual de miserable que tú—, porque era un niñato que aún no discurría bien, o qué. Puede que una mezcla de ambas, o puede que ninguna. Con el tiempo también entraron chicas en el grupo. Chicas que, al igual que nosotros, no se cortaban un pelo en llamar a otras «putas», «zorras» y demás lindezas simplemente porque no jugaban a lo mismo que nosotros, o porque percibíamos que no tenían el mismo nivel que nosotros en esto de los jueguicos. Algo tan triste como irónico lo de aceptar a algunas féminas en el grupo para discriminar a las que no considerábamos dignas. Hunters of their own kind, como diría el lector medio de TV Tropes. O huntresses, en este caso. Une más el odio que los gustos en común.

Afortunadamente, no mucho tiempo después de esto me llevé la hostia padre —fue algo no relacionado con esto pero que, como siempre digo, «a veces tenemos que caernos para aprender a caminar solitos»— y pude ver las cosas con claridad por primera vez en mi vida. Vi la futilidad, lo patético, lo risible y lo lamentable tanto de mi actitud pasada como de mis actos. Lo cual no impidió que reincidiese cuando salió a la luz un personaje que a estas alturas conocen hasta los esquimales del islote ártico más remoto: Anita Sarkeesian. Es una persona que hace algo que creo que a día de hoy es muy necesario, aunque creo que le fallan las formas —errores de documentación—, que en no pocas ocasiones se cierra en banda por Twitter cuando le discutes algo porque se siente atacada —por muy inocente que sea tu pregunta—; y que en ocasiones dice muchas tonterías y cosas muy cuestionables, como todos, ya que nadie es perfecto. Volviendo al meollo de la cuestión, cuando Anita apareció en la escena con su serie Feminist Frequency retomé las viejas costumbres. Mi primer pensamiento, sin ir más lejos, fue algo como «a ver qué movida va a liar el zorrón este». Tal cual.

Afortunadamente, volví a darme cuenta de mi error prácticamente en el acto, y esta vez el cambio para bien fue definitivo. Todo ello gracias a mucha gente buena que he tenido el placer de conocer tanto en persona como vía redes como Twitter, y a que, qué cojones. Que ya no era un niñato. O al menos, no tanto. Podía apreciarse ya cierto renegror en la entrepierna. Siempre he sido una persona a la que le ha gustado racionalizar todo. Esta vez, en lugar de dejarme llevar opiniones ajenas muy tóxicas cual ficha de dominó intenté entender el motivo de este odio irracional no solo hacia Sarkeesian, sino hacia lo que representaba. Y tuve una epifanía. Era un odio cuyo origen no era, ni más ni menos, que el miedo. El miedo al cambio, aunque sea a mejor, y para que todos podamos estar en paz con todo el mundo, y podamos llevarnos mejor. El miedo a lo desconocido. El pensar y suponer lindezas tales como «estas taradas vienen aquí a quitarnos los juguetes» en lugar de pensar lo que cualquier otra persona sana mentalmente, algo más bien como «aquí hay unas personas que opinan que jugando de otra forma todos podremos disfrutar más juntos, y además, tener más y mejores juguetes». Ya veis, todo muy patético, y pueril. Un miedo infantil en el fondo. La sinrazón en estado puro.

El pasado, pasado está, y desde luego no puedo cambiarlo para evitar haberme comportado como un completo y total gilipollas con muchas personas que ni de lejos se merecían tal trato. Evidentemente me avergüenzo tanto de mis malas formas como de mis malas artes. Pero, por otro lado, de nada sirve autofustigarme constantemente con algo que simplemente no se puede cambiar. Lo que sí que puedo hacer es, en primer lugar, no comportarme como un gilipollas; y, en segundo, señalar a la gente que aprecio cuando creo que puede estar comportándose como tal, ya que es lo que han hecho conmigo muchas veces por mi bien y es algo de lo que estoy muy, pero que muy agradecido.

Porque para mí el feminismo es en el fondo eso. Es igualdad. La igualdad, a su vez, es estar todos tranquilos y en paz, los unos con los otros, sin elevarse por encima de nadie. Es lo lógico, lo que cualquiera en su sano juicio quiere y desea con fervor. Esta paz se consigue evitando malos rollitos. Y los malos rollitos finalmente se evitan no siendo gilipollas. En esencia la movida del feminismo es algo muy simple. No ser gilipollas. No tiene mucho misterio. Es por esto que me da mucha tirria ver ciertas actitudes y comportamientos que hacen que esto a veces parezca una especie de Guerra Fría de la tolerancia, una carrera armamentística para ver quién de todos nosotros es el más progre. Y oye, ni tanto, ni tan poco, cojones. En el término medio está la virtud.

Para concluir, me gustaría agradecer a mucha gente con la que interactúo prácticamente a diario vía Twitter la paciencia que han tenido conmigo en este y muchos otros aspectos. Sois más majos que las pesetas. Y también voy a cometer un ad verecundiam de manual diciendo lo siguiente: el cambio a mejor es patente ya que me relaciono por ahí con la mayoría de las True Gamer Girls y otra gente igual de majérrima. Si fuese el gilipollas retrógrado que en otro momento fui, digo yo que otro gallo cantaría. Las salidas de tono que podáis ver en Twitter y que desde fuera puedan parecer actos de machismo descarados os aseguro que los hago precisamente parodiando y ridiculizando al machista medio, que en el fondo no es más que un cavernícola. Por esto decidí también autoimponerme y llevar con relativo orgullo lo que yo llamo «el manto del ultramacho», cosa que puede verse tanto en el nick que uso —Slugger MAXMAN— como en cierto tipo de actitudes que son precisamente las que comento. Parodia, y, en el fondo, un poquito también de penitencia para recordarme a mí mismo que no debo volver a caer en esta mierda jamás de los jamases.

Los que estéis aquí porque queréis leer reseñas de jueguicos, no temáis, que seguiré intentando escribir todo lo que pueda para mantener este tugurio a flote. Escribo esto porque considero que era algo totalmente necesario, y en el fondo necesitaba desahogarme un poco también.

Eso, y que, joder, este artículo de opinión originalmente iba a llamarse «propósito de enmienda». Así podría citar el propio título en el último párrafo para poder decir eso de «¿veis? He dicho el título, si esto fuese una película de Nolan, aquí iría un sonido de sirena ominosa»; pero he decidido que el título presente tendría mucho más gancho y, por tanto, me haría llegar a más gente.

Al final va a resultar que no solo de jueguicos va la cosa.

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